
Era la época en la que el FBI reconocía el trabajo de un militar convertido en jefe de policía por su estrategia directa y frontal contra los cárteles.
En tiempos en que Estados Unidos inicia la revocación de visas a políticos mexicanos por presuntos vínculos con el crimen organizado, resulta oportuno y urgente recuperar una historia diferente: aquella en la que no se sancionaba, sino que se reconocía.
Fue en 2010 cuando el gobierno estadounidense, a través del Departamento de Justicia y la oficina de investigaciones del FBI, otorgó un reconocimiento formal al Teniente Coronel D.E.M. Julián Leyzaola Pérez. ¿La razón? Su valor para enfrentar al crimen organizado, su cooperación activa con agencias estadounidenses y su decidido esfuerzo por restablecer el orden en una de las ciudades más violentas del mundo en ese momento: Tijuana. En aquellos días, el mensaje era claro: combatir al crimen organizado no sólo no te aislaba, te hacía digno de alianza.
En una ceremonia discreta, realizada el 13 de septiembre de 2010 en San Diego, California, Leyzaola fue condecorado por su labor a favor de la seguridad binacional. Era la época en la que el FBI reconocía el trabajo de un militar convertido en jefe de policía por su estrategia directa y frontal contra los cárteles.
Su enfoque generaba críticas, sin duda, pero también resultados visibles: disminución de homicidios, contención de células criminales, y una narrativa distinta en la frontera.
El contraste con la actualidad es doloroso. Hoy, Estados Unidos ha dejado de aplaudir los actos de valor para convertirse en juez silencioso que revoca visas. Antes se celebraba el heroísmo, hoy se investiga entre listas negras.
Pero Leyzaola no sólo enfrentó con armas al crimen. Fue el primer secretario de Seguridad Pública que se atrevió a tocar el tema más incómodo: la apología del narcotráfico en la música popular.
En 2008, en el Hipódromo Caliente de Tijuana, los Tucanes de Tijuana saludaron desde el escenario a “El Teo” y “El Muletas”, dos conocidos operadores del crimen organizado. En una ciudad desangrada por la violencia, ese gesto no era inocente.
Leyzaola no titubeó: les prohibió volver a tocar en la entidad mientras él estuviera al mando. Esa postura le valió ataques, pero también cimentó una nueva narrativa pública: la de que combatir al crimen incluye también desarticular su cultura.
Callar los corridos no era censura, era estrategia contra la glorificación del delito.
En entrevista con el diario Vanguardia, en noviembre de 2010, Leyzaola fue contundente: “Aquí no vas a tocar, mientras yo sea secretario de Seguridad, aquí no tocas porque tú eres delincuente, tú eres narco”. Y no fue sólo discurso. Solicitó a la entonces Procuraduría General de la República (PGR) que investigara a la agrupación por presuntos vínculos con criminales en la zona. En ese momento, la narrativa oficial —y también la internacional— distinguía entre los que enfrentaban al narco y los que pactaban con él. No había ambigüedad. No se necesitaban listas secretas de sancionados. Se actuaba, se reconocía, y sobre todo, se respaldaba.
La voluntad política de entonces sí sabía distinguir entre actores y cómplices.
Hoy, el nombre de Julián Leyzaola permanece al margen de la historia oficial, pero no del recuerdo de quienes vivieron la transformación de Tijuana. Mientras se promueve una cultura de sospecha generalizada, sería más útil rescatar y fortalecer los ejemplos que sí dieron resultados. Porque no todos los policías fueron corruptos, no todos los políticos pactaron. Hubo quienes se jugaron la vida y pusieron orden donde antes había caos.
Lo que hoy falta no son sanciones selectivas, sino una política de Estado —y también de aliados— que vuelva a reconocer el coraje, la legalidad y la entrega.
Porque cuando se deja de reconocer a los valientes, se le abre la puerta al silencio de los cobardes.
Lic. Ricardo Cano Castro
Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma de Baja California, con Maestría en Docencia y formación complementaria en Filosofía y Desarrollo Humano. Profesional con experiencia en el sector público como asesor en Regidurías y en el ámbito educativo, destacándose como director de instituciones privadas de nivel medio superior. Emprendedor apasionado por el desarrollo integral de las personas, con un profundo compromiso con la filantropía y la construcción de un impacto positivo en la sociedad. Además, orgulloso padre de familia y promotor de valores humanos en todas sus actividades.
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