La educación por chat es el retrato más cruel del Estado que ha renunciado a enseñar.

En México, la historia se repite con trágica puntualidad: cuando el gobierno y el magisterio chocan, quienes terminan pagando los platos rotos son los más inocentes, los más vulnerables, los menos escuchados: nuestros niños.
Cada fin de ciclo escolar se convierte en una escena de caos anunciado, donde la improvisación sustituye a la planeación, y la negligencia toma asiento en las aulas.
La Nueva Escuela Mexicana (NEM) y mal llamada transformación educativa ha resultado ser un castillo de humo, y mientras se desvanece, deja tras de sí generaciones enteras condenadas a aprender entre ruinas. La niñez mexicana no es moneda de cambio para saldar pleitos políticos.
El caso de la escuela primaria José Martí, en la colonia Guaycura, es apenas una muestra de lo que ocurre cuando el sistema decide “unificar turnos” sin criterios pedagógicos, sin calendario, sin orden y, sobre todo, sin respeto a la comunidad escolar. Padres desconcertados, niños desorientados, y maestros recibiendo instrucciones a destiempo, dibujan el paisaje educativo de la confusión institucionalizada. Si educar es formar para el futuro, esto es un monumento al fracaso.
Fue aproximadamente el 11 de abril cuando, en una junta con padres de familia de las escuelas Carmen Serdán y José Martí, se les avisó —con el habitual tono autoritario y sin pedir consentimiento— que el turno vespertino sería absorbido por la jornada matutina. Padres que pensaban que este cambio sería para el siguiente ciclo escolar se encontraron, apenas unos días antes de salir de vacaciones, con la sorpresiva notificación de que los alumnos ingresarían a las 8:00 a.m. a partir del regreso. En México no se consulta, se impone; no se explica, se decreta.
El regreso a clases fue el epítome de la desorganización: sin lista oficial, con anuncios colocados apenas una hora antes del ingreso, padres irrumpiendo en los salones para saber qué maestro les tocaría a sus hijos, y salones sin el mobiliario suficiente para 40 niños. Se habló de una supuesta conversión a “escuela de tiempo completo”, pero lo cierto es que ese programa fue desmantelado por el gobierno actual. Lo que antes era una política educativa, hoy es solo simulación para maquillar cifras y justificar nóminas.
El director, Mtro. Marco Antonio Pacheco Peña, podrá ser un funcionario atrapado por la decadencia del sistema, pero también es un ejecutor de las decisiones que afectan directamente a los niños. La falta de agua, que hizo que los alumnos del turno vespertino salieran antes de su horario regular, cumplían 2 horas solamente, y el manejo improvisado del nuevo esquema de clases, son prueba de ello. Los niños reciben clases regulares hasta las 12:30 p.m., pero de ahí en adelante no hay enseñanza, sólo improvisación. Dibujos, tiempo libre en el patio y actividades sin sentido marcan sus tardes. Una escuela sin enseñanza es sólo un edificio de concreto con ecos de silencio.
Como si la negligencia institucional no fuera suficiente, la situación ha comenzado a fracturar a la comunidad escolar. Se han generado tensiones entre padres del turno matutino y padres del turno vespertino, especialmente entre madres de familia. Las madres del turno vespertino no están en contra de las del turno matutino, ni de sus maestros; lo que reclaman —y con razón— es que nunca fueron tomadas en cuenta en las decisiones. Mientras tanto, algunas madres del turno matutino acusan a las nuevas familias de “invadir” sus aulas, como si fueran responsables del caos que otros provocaron. La rabia está mal dirigida: no es entre padres donde debe estallar la indignación, sino contra un sistema que sacrifica a unos y enardece a otros.
La consecuencia lógica es el abandono: los padres han comenzado a retirar a sus hijos antes del horario completo, otros más simplemente dejaron de asistir. A eso se suma la huelga magisterial, y una SEP que sólo promete mientras las semanas pasan y el vacío académico se hace más grande.
Hoy, con el cierre del ciclo escolar encima, los niños son presionados a marchas forzadas para cumplir tareas de clases que nunca se impartieron. No se puede evaluar lo que jamás se enseñó.
La estampa final raya en lo absurdo: esta semana, durante las juntas por grupo, los maestros del nuevo turno entregaron a los alumnos vespertinos una guía con los contenidos trabajados durante todo el año… como si con eso pudieran ponerse al día. Es decir, a pocos días del cierre de ciclo, los niños deben repasar —en tiempo récord— un año completo de clases que no recibieron. ¿Y aún nos atrevemos a llamar a esto “educación”?
En algunos casos, incluso se está exigiendo a los padres que impriman y entreguen tareas en físico el próximo miércoles, como si la carga del aprendizaje pudiera transferirse por WhatsApp. Esta simulación grotesca no educa, no forma, no construye: simplemente encubre la ineficiencia del sistema. La educación por chat es el retrato más cruel de un Estado que ha renunciado a enseñar.
Así se cierra el ciclo escolar: con guías tardías, con alumnos confundidos, con aulas sin mesabancos y con niños que “pasarán de grado” sin haber aprendido lo esencial. La pregunta que queda es devastadora: ¿qué se espera de estos niños cuando lleguen a secundaria? La respuesta, tristemente, ya la conocemos. Cuando se entierra la educación, lo que florece no es el conocimiento, sino el abandono.
Lic. Ricardo Cano Castro
Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma de Baja California, con Maestría en Docencia y formación complementaria en Filosofía y Desarrollo Humano. Profesional con experiencia en el sector público como asesor en Regidurías y en el ámbito educativo, destacándose como director de instituciones privadas de nivel medio superior. Emprendedor apasionado por el desarrollo integral de las personas, con un profundo compromiso con la filantropía y la construcción de un impacto positivo en la sociedad. Además, orgulloso padre de familia y promotor de valores humanos en todas sus actividades.
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