El Bofo

Hay proyectos que se anuncian con render, promesas y palabras que suenan a futuro. Y hay proyectos que, apenas los rascas tantito, empiezan a oler a negocio bien amarrado. “Sube-T”, la súper vía elevada que conectará Otay con el nodo Morelos, pertenece a esa segunda especie: la que se vende como solución, pero viene con factura incluida.

El anuncio lo hizo la gobernadora, pero el volante lo llevan dos viejas conocidas del ecosistema de obra pública: Prodemex e IDINSA. No es menor el detalle. Son empresas que no improvisan, que han estado en la mesa grande de proyectos federales, desde hospitales hasta el Tren Maya. Aquí no hay inocencia, hay experiencia… y olfato para detectar dónde está el flujo constante de dinero. Treinta años de concesión no son un experimento, son un negocio de largo aliento.

Dicen que será inversión 100% privada. Y sí, en papel suena hasta romántico: sin tocar el dinero público, sin cargarle la mano al erario. Pero la realidad es otra criatura, más áspera. Porque si no lo paga el gobierno, lo paga el ciudadano. Y no en impuestos invisibles, sino en cada kilómetro recorrido. Entre 8.5 y 11 pesos por kilómetro en un trayecto de 12. Hagan cuentas: cruzar completo podría costar hasta 132 pesos por viaje. Ida y vuelta, ya estamos hablando de más de 250 pesos diarios. Eso no es movilidad, es membresía.

Entonces la pregunta no es si la obra es moderna. La pregunta es para quién lo es.

Porque mientras arriba circulan los que pueden pagar el “fast pass” urbano, abajo seguirá la ciudad de siempre: tráfico, humo, camiones peleándose el pasaje y ciudadanos regalando horas de su vida en cada trayecto. La alternativa gratuita no desaparece, pero tampoco mejora. Solo se queda ahí, como una fila eterna que sirve para recordarte que llegar rápido también tiene precio.

El detalle del carril “preferente” para transporte público suena bien en la presentación, pero en la práctica ya empieza a generar ruido. No será confinado, irá por debajo, y ya hay jaloneos entre grupos transportistas para ver quién se queda con ese pedazo del pastel. Porque en esta ciudad, hasta las sombras se concesionan.

Y mientras tanto, el discurso oficial promete afectaciones mínimas, todo en regla, todo bajo control. Como si Tijuana no tuviera memoria de obras que empiezan ordenadas y terminan convertidas en rompecabezas urbano. Como si la palabra “movilidad” no cargara ya suficiente desconfianza.

Hay otro detalle que se desliza bajito, casi en susurro: la obra se termina en 33 meses. Es decir, la inaugura alguien más. El crédito político se difiere, pero el contrato ya está firmado. Curioso cómo el tiempo de la construcción no coincide con el tiempo del poder, pero sí con el del negocio.

Y claro, la calle ya habló. No en ruedas de prensa ni en comunicados pulidos, sino en el lenguaje directo de la gente: que si luego van a cobrar por respirar, que si es otro negocio disfrazado, que si al trabajador no le alcanza, que si hay formas más básicas de arreglar el caos antes de construir otro nivel de ciudad. No es oposición organizada, es escepticismo acumulado.

El Bofo lo diría sin rodeos: no es que la idea de una vía rápida sea mala. Lo peligroso es que la solución termine profundizando la desigualdad. Que la ciudad se parta en dos velocidades. Que el derecho a moverte deje de ser eso… y se convierta en un lujo.

Porque al final, “Sube-T” no solo es una obra. Es una pregunta elevada sobre concreto:
¿quién puede darse el lujo de llegar más rápido… y quién se va a quedar atorado abajo?

Y en Tijuana, ya sabemos que el tráfico no siempre está en las calles… a veces también está en las decisiones.

Ángel Ramírez, conocido como «El Bofo», es un periodista, columnista, entrevistador y reportero con una trayectoria consolidada en el periodismo de Baja California.

Especializado en el análisis crítico de temas políticossociales y de seguridad en la región, escribe la columna de opinión «Desde Adentro», publicada en medios de Baja California. Su estilo se caracteriza por combinar un periodismo incisivo con sarcasmo inteligente, verdades incómodas y una mirada sin filtros hacia las figuras políticas, las decisiones de gobierno y las realidades del día a día en el estado.

Con más de 18 años de experiencia que abarcan tanto el ámbito deportivo como el político, El Bofo se ha posicionado como una voz que incomoda con humor y profundidad, priorizando el análisis directo y la denuncia profesional. Su lema refleja su enfoque: sarcasmo, periodismo y verdades incómodas. No busca agradar, sino provocar reflexión riendo.

Desde adentro, Ángel Ramírez sigue diseccionando el poder, las ambiciones y las contradicciones de la clase política bajacaliforniana con la misma claridad y filo que lo han distinguido en su carrera.

Esta columna no refleja la opinión de Dominio Público, sino que corresponde al punto de vista y libre expresión del autor