
La misma pregunta la hacen los que buscan el hueso y los que quieren servir de verdad. Lo único que los separa cabe en una palabra: condición.
En la política existe una ley de gravedad que ninguna constitución escribió y que, aun así, manda sobre todo lo demás. Los políticos giran alrededor de aquello que les da de comer, y eso tiene un nombre poco elegante: el presupuesto. La lealtad que tanto se jura en los discursos casi siempre es lealtad a la caja donde se reparte el dinero, y dura lo mismo que dura el acceso a esa caja. No lo afirmo por amargura ni para presumir de listo. Lo afirmo porque basta con mirar: cada vez que el poder cambia de manos, las mismas caras vuelven a sentarse del otro lado de la mesa, con idéntica convicción y apenas otro libreto.
Coahuila acaba de regalarnos ese experimento casi en estado puro. La dirigencia del PRI proclamó la noche del domingo un triunfo de dieciséis distritos a cero, una cifra que todavía espera el sello del árbitro y que llega rodeada de denuncias por compra de votos. El número, por eso, importa menos que su lectura. El tricolor llevaba años lejos del poder federal y de buena parte del local, y aun así recuperó el congreso de un estado entero. La pregunta que de verdad cuenta es otra: ¿con quién lo recuperó? Con la misma tropa de operadores y gestores que el día anterior podía estar cobrando en cualquier otra nómina. Esa reserva nunca se borró cuando el PRI perdió; solo se guardó, sin ruido, esperando que la balanza volviera a inclinarse a su favor.
Ese mismo relato llega a Baja California antes que las boletas, y trae consigo una lección que el oficialismo local haría mal en ignorar. Casi nadie duda de que MORENA postulará al Dr. Ismael Burgueño, y la contienda no será un paseo. Enfrente habrá un bloque que jamás dejó de ser oposición y que, aun así, supo acomodarse en gobiernos de la Cuarta Transformación sin pagar el menor costo. Ese bloque es, él solo, la mejor prueba de lo que aquí se sostiene: gente que ya cambió de bando una vez, que sirvió al proyecto que en su momento le convenía, y que mañana volvería a mudarse si la caja del dinero cambiara de domicilio. Verlo así es, apenas, leer el tablero con los ojos abiertos.
A esa tropa la he bautizado la RENATA, la reserva nacional de talentos: un cuerpo de mercenarios listos para lo que sea con tal de alcanzar el hueso, siempre dispuestos a entregarse al mejor postor. El error está en creer que tiene un solo color. Aquella fórmula que se le atribuye a López Obrador, noventa por ciento de lealtad y diez por ciento de capacidad, nunca fue una receta personal suya. Es, más bien, lo que le pasa a cualquier estructura cuando el poder deja de pelearse y empieza a repartirse. El PRI tardó setenta años en pulir esa cuenta y en volverla la columna vertebral de un régimen. MORENA la heredó casi sin darse cuenta, convencido de que la combatía, mientras la repetía con otros apellidos y otros ritos.
De ahí nace la incomodidad más grande para quien hoy se prepara a defender la gubernatura. El morenismo de Baja California va a descubrir, si no lo ha hecho ya, que su propia lista de cuadros está hecha de la misma pasta que el aparato al que tanto señaló. El poder no cambia de naturaleza cuando se cambia de camiseta: conserva intactos sus órganos, sus reflejos y sus mañas, y apenas los pinta del color que manda la temporada. Quien crea que el guinda limpia lo que el tricolor ensuciaba se quedó mirando la pintura, sin ver el cuerpo. Por eso el verdadero reto de Burgueño está, sobre todo, en el material con el que tendrá que levantar su campaña, amasado en buena parte con esa misma reserva que ya cambió de bando y volverá a cambiar.
Y aquí toca ser honesto y voltear el cuchillo hacia uno mismo. Si la reserva se ofrece al poder con la frase de siempre, ¿en qué se distingue de ella quien también se acerca a ofrecer su ayuda? Visto desde fuera, en nada: los dos usan las mismas palabras, los dos tocan la misma puerta, los dos dicen estar listos para servir. La sospecha es justa, y no se borra jurando pureza, porque jurar pureza es justo lo primero que aprende a hacer el que se vende. La diferencia, si la hay, no se notará en lo que se dice, porque ese idioma lo habla cualquiera y cualquiera puede fingir el tono de la convicción.
La diferencia vive en un solo lugar, invisible a simple vista, y se llama condición. La RENATA se reconoce justamente porque no pone ninguna: su marca de origen es estar disponible para todo, entregarse sin preguntar hacia dónde ni a cambio de qué, con tal de no soltarse de la caja. El que se ofrece poniendo una condición rompe esa lógica de raíz, aunque pronuncie exactamente las mismas palabras. Y la condición que de verdad separa es una sola: estar dispuesto a retirarse el día en que el proyecto traicione lo que prometió, servir mientras el servicio tenga sentido y marcharse cuando lo pierda. Esa cláusula no se escucha en los discursos, pero se ve en los hechos, y distingue al ciudadano del operador mejor que cualquier consigna.
Por eso conviene decirlo en voz alta, aunque vaya a contracorriente: hay un proyecto al que vale la pena sumarse, y vale la pena sobre todo para quien llega con esa condición por delante. Hacen falta jóvenes con capacidad, profesionales honrados, vecinos cansados de la reserva de siempre, personas que entienden el servicio público como un oficio y no como un botín. A esa gente, y quizá a usted que lee, no le sobra un lugar de pie en esta hora. Quien se acerca así no engruesa la fila del hueso: la adelgaza. Y mientras más seamos los que llegamos con la dignidad por delante, más sentido recobra una pregunta que entonces deja de sonar a súplica. Por eso se la hacemos de frente y sin rubor: díganos; ¿cómo le apoyamos, alcalde?
Luis David Sandin Torres Abogado por la Facultad de Derecho de la BNA y Maestro en Ciencias Jurídicas por la UABC. Cuenta con estudios de Doctorado en Derecho Electoral y Filosofía Política por el Instituto Iberoamericano de Derecho Electoral. Ha realizado estancias de investigación bajo la dirección del Dr. Diego Valadés. En el ámbito profesional, se ha desempeñado como asesor en la Cámara de Diputados y es consultor independiente en políticas públicas y docente universitario.
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