Luis David Sandin Torres

Dedico este texto a todas aquellas personas que, con integridad, representan la conciencia honrada que se subleva ante la injusticia. Ustedes son la verdadera Esperanza de México.

Hay algo profundamente impopular en hacer bien las cosas. No porque la rectitud sea un valor despreciado en el discurso público —al contrario, todos la invocan— sino porque, cuando se vuelve práctica concreta, deja de ser consigna y se convierte en límite. Y los límites incomodan. En la política mexicana reciente esta tensión se ha vuelto visible con una claridad incómoda. Se llegó al poder prometiendo una regeneración ética de la vida pública, una ruptura con la simulación, con la retórica vacía, con el cinismo del pasado. Sin embargo, el debate público comienza a mostrar una escena inquietantemente familiar: proliferan las falacias, los sofismas, la descalificación automática del discrepante y, en no pocas ocasiones, mentiras pronunciadas sin el menor rubor.

El problema no es el conflicto político; ese es el corazón de cualquier democracia viva. Lo verdaderamente preocupante es la degradación del lenguaje público. Cuando el argumento se sustituye por la consigna y la evidencia por la narrativa conveniente, la deliberación deja de ser un ejercicio de razón compartida y se convierte en una competencia de lealtades. En ese terreno la verdad pierde centralidad y lo decisivo pasa a ser la eficacia del relato. No es un fenómeno nuevo en la historia del poder, pero resulta particularmente punzante cuando proviene de un movimiento que se presentó como antídoto contra esas mismas prácticas.

Conviene decirlo sin ingenuidad: la política nunca ha sido un territorio de purezas. Exigir santidad sería desconocer la naturaleza misma del poder. Pero existe una diferencia sustantiva entre aceptar la imperfección humana y normalizar la incongruencia. Cuando un proyecto político se funda sobre la promesa de una transformación ética, inevitablemente se somete a un estándar más alto. La exigencia no proviene de sus adversarios; proviene de su propia promesa fundacional. Y ahí aparece la incomodidad actual: el contraste entre principios proclamados y conductas observables.

Durante años se denunció la simulación del viejo régimen, la distancia entre lo que se decía y lo que realmente se hacía. Hoy el país observa, con una mezcla de desconcierto y resignación, que ciertos mecanismos retóricos han sobrevivido al cambio de gobierno. Cambian los colores partidistas, cambia el vocabulario político, pero la tentación del poder permanece intacta. Para ser diferentes, algunas y algunos han terminado pareciéndose demasiado a aquello que prometieron superar. No todos, desde luego. Siempre hay quienes intentan sostener cierta coherencia personal, incluso dentro de su propio movimiento. Pero esas voces suelen quedar incómodamente aisladas.

Quizá lo más inquietante es que este fenómeno no pertenece únicamente a las cúpulas del poder. Se reproduce, con otras proporciones, en espacios mucho más cotidianos. También puede ocurrir en una preparatoria pública, en una oficina administrativa, en cualquier institución donde alguien tenga que aplicar una regla que otros preferirían ignorar. En ese momento la norma se vuelve obstáculo, la decisión técnica se interpreta como obstinación y la integridad empieza a verse como una forma de rigidez. No lo digo desde una superioridad moral; lo digo desde la experiencia de quien ha visto cómo la presión por la excepción suele ser más fuerte que el compromiso con la regla.

Hay, sin embargo, un elemento todavía más delicado en esta ecuación: la memoria pública. La política puede sobrevivir a la torpeza e incluso a la mediocridad, pero difícilmente resiste la amnesia colectiva. Cuando una sociedad olvida lo que se prometió, cualquier proyecto político puede reescribir su propio relato en tiempo real. Hoy se afirma una cosa, mañana la contraria, y el debate se desplaza del terreno de los hechos al de las fidelidades. En ese desplazamiento la palabra pública deja de obligar. Y cuando la palabra ya no obliga, lo que queda es simplemente poder.

Tal vez por eso el malestar que comienza a insinuarse en la conversación pública mexicana tiene una raíz más profunda de lo que parece. No es solo desacuerdo ideológico ni disputa partidista. Es la sensación de que la distancia entre lo prometido y lo practicado se ha vuelto demasiado visible. Se ofreció una regeneración ética de la vida pública. Pero cuando la memoria se desvanece y la incongruencia se vuelve rutina, la regeneración corre el riesgo de convertirse en otra cosa: una promesa olvidada en medio del ruido político. Y esa amnesia, silenciosa pero persistente, es una de las formas más sutiles de la continuidad.

Luis David Sandin Torres Abogado por la Facultad de Derecho de la BNA y Maestro en Ciencias Jurídicas por la UABC. Cuenta con estudios de Doctorado en Derecho Electoral y Filosofía Política por el Instituto Iberoamericano de Derecho Electoral. Ha realizado estancias de investigación bajo la dirección del Dr. Diego Valadés. En el ámbito profesional, se ha desempeñado como asesor en la Cámara de Diputados y es consultor independiente en políticas públicas y docente universitario.

Esta columna no refleja la opinión de Dominio Público, sino que corresponde al punto de vista y libre expresión del autor