
La discípula que conduce Morena rumbo a 2027 aprendió el oficio del hombre que ahora aterriza en Tijuana. El poder más eficaz de la izquierda mexicana no se ve. Pero se siente.
Hay poderes que se ejercen frente a las cámaras y poderes que prefieren la corriente de aire. Los primeros se miden por los reflectores que acumulan; los segundos, por los efectos que dejan a su paso sin necesidad de aparecer en la fotografía. El profesor René Bejarano Martínez pertenece a la segunda especie. Su nombre rara vez encabeza una boleta, pero su escuela coloca cuadros en los lugares donde se decide el reparto, y esa destreza silenciosa explica más sobre la arquitectura del poder en la izquierda mexicana que cualquier discurso pronunciado en una plaza. El viento no se ve y, sin embargo, se siente.
El miércoles 24 de junio, en el Aeropuerto Internacional de Tijuana, ese viento sopló a la vista de quien supiera leerlo. La diputada federal con licencia Evangelina Moreno Guerra recibió a su padrino político, llegado de la Ciudad de México para respaldar su aspiración a la coordinación estatal de MORENA. La escena, por sí sola, parecería un gesto de cortesía partidista. Adquiere su verdadera dimensión cuando se la sitúa en una cadena que arranca mucho más arriba, en la cima misma de la estructura nacional del movimiento, donde otra discípula del mismo profesor acababa de tomar las riendas semanas antes.
Conviene recordar quién conduce hoy a MORENA. El 3 de mayo de 2026, en el World Trade Center de la capital, el congreso nacional del partido entregó la presidencia a Ariadna Montiel Reyes, la exsecretaria del Bienestar, con el encargo expreso de conducir las elecciones de 2027. Su trayectoria no admite ambigüedad sobre la genealogía: Montiel inició su carrera en 1999, en el Partido de la Revolución Democrática, y tuvo por mentor a René Bejarano, a cuyo lado aprendió el oficio de la operación territorial recorriendo colonias enteras de la Ciudad de México. La prensa la describe, sin eufemismo, como una dirigente formada en la escuela bejaranista. Quien conduce el reparto nacional rumbo a 2027 aprendió a hacerlo del hombre que ahora aterriza en Tijuana.
La simetría geográfica termina de cerrar el cuadro y casi parece escrita por un guionista. El mismo recinto donde el congreso coronó a la discípula de Bejarano, el World Trade Center, fue semanas después el escenario donde diez bajacalifornianos se formaron por turnos para pedir la candidatura estatal. Arriba se define quién administra las reglas del movimiento en todo el país; abajo se disputa una de las diecisiete gubernaturas que esas reglas repartirán en 2027. El escenario físico es el mismo porque la lógica es la misma, y porque la mano que aprendió a operar territorios no distingue entre la altura nacional y la disputa local: opera en ambas, con la discreción de quien sabe que el poder eficaz es el que no necesita anunciarse.
En ese marco, el respaldo a Evangelina Moreno deja de ser una anécdota de aeropuerto para convertirse en evidencia. No es que un dirigente nacional viaje a apoyar a una aspirante cualquiera; es que la escuela que hoy conduce a MORENA desde la presidencia del partido extiende su método hasta el último eslabón del reparto, hasta la coordinación estatal que operará candidaturas y equilibrios en el estado. El viento que se sintió en el World Trade Center el 3 de mayo es el mismo que se sintió en la terminal tijuanense el 24 de junio. Cambia la escala; no cambia la corriente.
La escena ofrece, además, su contrapunto, y conviene no pasarlo por alto. Casi a la misma hora, en el mismo aeropuerto, otro aspirante era recibido por sus seguidores tras registrarse en el proceso, y declaraba con orgullo que él ha caminado siempre solo, que tiene amigos pero no padrinos. La frase es legítima y hasta admirable como divisa personal. Pero dicha en el preciso momento en que la dirigencia nacional del partido está en manos de la escuela bejaranista, adquiere un matiz que su autor quizá no calculó: caminar solo es una virtud cuando el viento no sopla en contra, y en MORENA el viento, hoy, tiene una dirección bastante definida. Quien presume autonomía frente a una estructura que premia la operación juega una partida más difícil de lo que su confianza sugiere.
No conviene, con todo, sobrecargar de sentido la metáfora. El oficio territorial resuelve la administración de un proceso y acomoda equilibrios, pero no sustituye la deliberación ni garantiza, por sí solo, que las decisiones de fondo del movimiento se tomen con reglas claras en lugar de lealtades heredadas. Que una escuela domine la operación dice mucho sobre cómo se reparte el poder; dice menos sobre si ese poder se ejerce con instituciones o con redes personales. La distinción importa, porque el viento que coloca cuadros en los lugares clave es el mismo que, mal administrado, termina por confundir la fortaleza de una corriente con la salud de un partido.
Queda, al final, la imagen y su economía silenciosa. Un profesor que rara vez encabeza una boleta coloca, en menos de dos meses, a una discípula en la presidencia nacional de su partido y respalda en persona a una aspirante en la frontera. No pronunció un discurso memorable ni protagonizó la fotografía principal de ninguna de las dos escenas. No hizo falta. El poder que ejerce es de los que no necesitan verse para notarse, de los que se reconocen por la dirección en que se inclinan las cosas. En Baja California, como en el World Trade Center, la izquierda volvió a sentir esa corriente. Y la corriente, como el viento, no se ve. Pero se siente.
Luis David Sandin Torres Abogado por la Facultad de Derecho de la BNA y Maestro en Ciencias Jurídicas por la UABC. Cuenta con estudios de Doctorado en Derecho Electoral y Filosofía Política por el Instituto Iberoamericano de Derecho Electoral. Ha realizado estancias de investigación bajo la dirección del Dr. Diego Valadés. En el ámbito profesional, se ha desempeñado como asesor en la Cámara de Diputados y es consultor independiente en políticas públicas y docente universitario.
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