Luis David Sandin Torres

El lunes, en la fila de la cafetería, alguien preguntó quién ganó La Casa de los Famosos. Nadie vio el programa y cada quien lo aclaró con prisa. En dos minutos, entre todos, reconstruyeron la final completa: la cantante que había sido la primera en salir terminó apagando las luces, el comentarista deportivo quedó segundo y Ese Pérez se fue en cuarto lugar después de setenta y un días de encierro. Los que no vemos esos programas sabemos demasiado de ellos. La urgencia de deslindarnos antes de opinar, de dejar en claro que uno está por encima de lo que comenta, dice más de nosotros que cualquier cosa ocurrida dentro de la casa.

Durante diez semanas, Ese Pérez estuvo entre los habitantes más criticados de la conversación digital. Le cambiaron el nombre por «heces» y le reprocharon la risa, los ademanes y, sobre todo, la manera de hablar. Antes de defenderlo conviene mirar quién escribía esos comentarios. Muchos de nosotros hablamos así entre los nuestros, con el mismo cotorreo, el mismo albur y guardamos ese idioma para cuando nadie nos evalúa. Lo aprendimos antes que la gramática escolar y lo fuimos corrigiendo en la entrevista de trabajo, en la junta, frente al cliente. En el reality se castigó que alguien lo hablara en horario estelar, ante millones de espectadores, sin pedir perdón.

El desprecio tiene genealogía. En 1934, la filosofía que se propuso explicar al mexicano tomó como caso de estudio al pelado, el pobre de la ciudad. Lo presentó como la expresión más elemental del carácter nacional y, en las mismas páginas, lo ubicó en «una fauna social de categoría ínfima», como «el desecho humano de la gran ciudad». El tipo que encarnaba a la nación era también su sobrante. Noventa y dos años después, el insulto cambió de soporte y conservó la sentencia. Aquel mismo ensayo sostuvo que el sentimiento de inferioridad atravesaba a todas las clases y se escondía detrás de muchas máscaras. La burla contra quien no se esconde bien podría ser una de ellas.

Germán Valdés, Tin Tan, padeció una versión anterior del mismo juicio. Se formó en la radio de Ciudad Juárez y llevó a las carpas y a la pantalla el habla del pachuco, esa mezcla de español e inglés que se escuchaba a ambos lados de la línea. En julio de 1944, mientras el público hacía fila para verlo en la capital, la Academia Mexicana de la Lengua nombró un comité para exterminar los pochismos y repartir listas de palabras puras entre maestros, locutores, periodistas y actores. El pensamiento sobre lo mexicano retrató al pachuco como alguien que no quería volver a su origen ni fundirse con el país vecino. Entre 1943 y 1952, su personaje recibió ataques desde la academia, la crítica y el propio medio artístico.

Cantinflas siguió el camino inverso. En sus primeras películas, su enredo verbal desarmaba al juez y al patrón; con los años, el mismo enredo se volvió inofensivo y el actor nunca ocultó su simpatía por el partido en el poder. El poder adoptó al peladito cuando su desorden dejó de amenazarlo. Al pachuco lo mantuvo a distancia: en 1953, un diario de Arizona informaba que Gobernación había recomendado a los gobernadores combatir el pochismo, y que en San Luis Río Colorado se pedía a los comercios cambiar sus letreros en inglés. En una república que promete igualdad sin distinción de condición social, definir qué habla es decente es una forma de mandar. Decide quién entra con la cabeza en alto a la conversación pública y quién debe corregirse antes de hablar.

Una compañera de encierro contó que de niña sufrió burlas en la escuela y defendió que el lugar donde uno crece no debe definir a nadie. En esa misma plática, al referirse de su conflicto con Ese Pérez, remató: «No tienes que ser un naco». Sería fácil llamarlo hipocresía, y sería injusto. Quien padeció el desprecio aprendido suele repetirlo sin escucharse, porque el gusto clasifica y, al clasificar, retrata a quien clasifica. La audiencia vivió la misma contradicción en sentido inverso. En los comentarios se exigía su salida; en la votación, donde nadie exhibe su elección, se le sostuvo hasta la final. La noche de uno de sus pleitos más comentados, el público eligió su posicionamiento como el mejor de la gala.

En redes también se le llamó acosador. La palabra nombra una conducta que la ley sanciona y que muchas mujeres padecen lejos de las cámaras, y por eso exige rigor. La conductora a quien, según los comentarios, incomodaba, negó ante la pregunta directa que su cambio de habitación tuviera que ver con él. Convertir esa palabra en adjetivo contra quien habla feo la desgasta justo para quienes más la necesitan. Nada de esto lo absuelve de todo. Hubo bromas que no se defienden con el barrio ni con el oficio de comediante, como la que hizo del origen de un compañero un chiste de bombas, o la pregunta sobre el cuerpo de una compañera a la que acababa de conocer.

Esas bromas merecían crítica y la recibieron revuelta con todo lo demás. Atribuirlas al barrio es el clasismo en su forma más pulida, porque supone que la pobreza produce machismo y xenofobia y que la decencia llega con el código postal. El cotorreo tiene su propia ética. Suspende por un rato la solemnidad que exige la vida pública y funciona como un pacto entre iguales, que se rompe cuando se usa para humillar a quien no puede responder. Esa frontera se puede cruzar hablando con cualquier acento. Existe también la actitud contraria, la de quien vive tan pegado a lo correcto que convierte cada desviación ajena en falta moral. Las dos, cada una a su modo, terminan por deshacer la comunidad que dicen cuidar.

Un primer paso sería criticar la conducta y dejar en paz el acento: nombrar la broma concreta y el daño concreto y callar sobre la risa, los ademanes o la manera de pedir una michelada. Antes de escribir «naco», valdría preguntarnos qué parte de nosotros intentamos enterrar en el otro. En las aulas, enseñar la lengua culta sin enseñar vergüenza de la lengua de la casa, porque el estudiante que aprende a despreciar cómo habla su madre aprende también a callarse frente a quien habla como habla el poder. En el debate público, reservar las palabras graves para los hechos graves, para que conserven su fuerza el día en que de verdad hagan falta.

A ti, que suavizas el acento en la entrevista de trabajo y lo recuperas al llegar a tu calle; que aprendiste a reírte primero de tu barrio para que nadie se riera antes; que guardas el albur como quien guarda una herencia: no tienes nada que esconder. Esa manera de hablar es el lugar donde te enseñaron a querer, a defenderte y a sacarle una carcajada a tu gente en los días malos. Quien se burla de ella se burla de una parte de sí mismo que no se atreve a mirar. Puedes dominar todos los registros que la vida te pida, el del tribunal, el de la oficina, el del aula, y ninguno te exige renunciar al primero.

El público quiso a Tin Tan desde el principio, en las carpas y en los cines de barrio. La consagración llegó después, cuando ya no incomodaba: hoy tiene una estatua en la Zona Rosa, una sala de arte con su nombre en Ciudad Juárez y, en 2019, al cumplirse ciento cuatro años de su nacimiento, Google lo puso en su página principal. Lo celebramos cuando ya estaba en blanco y negro, lejos y sin peligro. Así se reconoce una sociedad que no se acepta, tarde y cuando el que habla distinto ya no puede contestar. Ese Pérez no necesita ser Tin Tan para merecer otro trato. Bastaría con que esta vez nos ahorráramos las décadas de espera.

Luis David Sandin Torres Abogado por la Facultad de Derecho de la BNA y Maestro en Ciencias Jurídicas por la UABC. Cuenta con estudios de Doctorado en Derecho Electoral y Filosofía Política por el Instituto Iberoamericano de Derecho Electoral. Ha realizado estancias de investigación bajo la dirección del Dr. Diego Valadés. En el ámbito profesional, se ha desempeñado como asesor en la Cámara de Diputados y es consultor independiente en políticas públicas y docente universitario.

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