
A Tijuana la fundaron un pleito de herederos y un plano urbano, no alguna batalla o decreto heroico. El 11 de julio de 1889, la familia Argüello resolvió el litigio sobre el rancho de Tía Juana y quedó trazado el pueblo que hoy cumple 137 años. Conviene recordar el origen porque explica el carácter. La ciudad se fundó porque del otro lado de una línea recién dibujada había gente dispuesta a cruzarla, y existe, desde su primer día, en función del norte. Quien busque ahí un pecado original encontrará apenas un acta de nacimiento.
Ciento treinta y siete años después, pocas ciudades mexicanas se celebran a sí mismas con semejante fervor. El tijuanense defiende su ciudad como se defiende un apellido. Presume el arco de la Revolución, la ensalada César inventada en 1924 sobre esa misma avenida, los Xolos que llenaron un estadio levantado sobre los terrenos del hipódromo de Agua Caliente, la escena gastronómica que puso a Baja California en las revistas del mundo. Corrige al chilango que llega con la leyenda negra bajo el brazo y le recita, con la solemnidad de quien cita escritura, la frase del monumento: aquí empieza la patria. Lo dice y lo siente en serio.
Y ese mismo tijuanense tiene SENTRI. Mide las distancias de su vida en tiempos de garita: “la línea está a cuarenta minutos, a dos horas, a mejor ni vayas». Hace el súper en San Ysidro, estrena en las outlets de Chula Vista, festeja la visa aprobada del hijo como otros festejan una graduación. Cobra en pesos y presupuesta en dólares, que en esta ciudad se aceptan en la farmacia, en el taxi y en la limosna. La contradicción es tan vieja como la garita: el orgullo regional se desborda exactamente en la misma banqueta donde se forma la fila para irse, aunque sea por el día, aunque sea de compras, aunque sea de mentiras.
La explicación hay que buscarla en la biografía de la ciudad antes que en el carácter de su gente. Durante un siglo, México trató a Tijuana como una dirección postal remota: la patria empezaba aquí, pero el presupuesto se terminaba mucho antes. Quien la construyó fue la Ley Seca, que mandó a los californianos a beber, apostar y casarse de este lado; quien la industrializó fue la maquila, que ensambla para el mercado de allá; quien la sostiene todavía es una economía que respira con pulmones binacionales. Pedirle a esta ciudad que deje de mirar al norte equivale a pedirle que desconozca el espejo donde aprendió a peinarse.
Por eso la lectura fácil —la del malinchismo, la del apátrida con curios shop— se equivoca de diagnóstico. El tijuanense no quiere ser estadounidense: quiere el salario de allá, la calle pavimentada de allá, el trámite que funciona a la primera. Cruza, compra, trabaja, y al regresar respira con un alivio que ningún estadounidense entendería. Del otro lado es un extranjero funcional; en el resto de México lo miran como a un primo medio pocho; únicamente aquí, en esta ciudad imposible, resulta completamente legible. Su deseo del norte y su orgullo del terruño son el mismo músculo, el de una ciudad que enseñó a los suyos a querer más de lo que el país les ofrecía.
Habría que decírselo a los gobernantes que este fin de semana se tomaron la foto del aniversario. Cada cita en el consulado es una boleta llenada con los pies; cada familia que organiza su vida alrededor de una visa audita, con rigor de contralor, la calidad de los salarios, de los servicios y de la seguridad que las autoridades presumen en sus informes. Si la mitad de tus ciudadanos ensaya su salida cada semana, el festejo se parece menos a un triunfo que a un diagnóstico con pastel. Celebrar a Tijuana en serio costaría bastante más que un concierto en la glorieta: costaría gobernar como si la gente no tuviera a dónde escaparse.
A los 137 años, Tijuana sigue siendo el lugar donde un país termina y otro se insinúa, y donde esa vecindad dejó de ser una herida para volverse un oficio. La ciudad celebra en español, cobra en dólares, sueña en los dos idiomas y regresa cada noche a dormir de este lado. Ahí está, quizá, lo más mexicano que tiene: la costumbre de querer irse todos los días y el hábito, bastante más terco, de quedarse.
Luis David Sandin Torres Abogado por la Facultad de Derecho de la BNA y Maestro en Ciencias Jurídicas por la UABC. Cuenta con estudios de Doctorado en Derecho Electoral y Filosofía Política por el Instituto Iberoamericano de Derecho Electoral. Ha realizado estancias de investigación bajo la dirección del Dr. Diego Valadés. En el ámbito profesional, se ha desempeñado como asesor en la Cámara de Diputados y es consultor independiente en políticas públicas y docente universitario.
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