Hay dos gramáticas del poder y no siempre se enseñan en el mismo salón. Una se construye en espacios institucionales: la foto correcta, el recinto apropiado, los nombres visibles sobre la mesa. La otra se construye en otro tipo de espacio: sin protocolo, sin letrero, con más gente y menos cámara. Las dos son políticas. Pero no producen el mismo tipo de legitimidad y confundirlas ha sido uno de los errores más costosos de la izquierda mexicana.
La visibilidad institucional tiene una lógica propia: comprime el tiempo, genera señales rápidas, ordena jerarquías ante quienes las están observando. Es eficaz en el corto plazo. El problema aparece cuando esa lógica coloniza la función pública, cuando la institución deja de ser marco y empieza a comportarse como escenario. Ahí no se compromete la imagen de nadie en particular, se compromete algo más delicado, que es la confianza en la función pública como espacio imparcial.
La presencia territorial opera en otro registro de tiempo. No genera titulares. No produce bloques visibles ni alineaciones fotografiables. Pero acumula vínculos que no dependen del ciclo mediático, lecturas más finas del territorio, una relación con quienes no tienen lealtades previas y; en cualquier contienda que vaya más allá del voto duro, ese capital es el que termina siendo decisivo.
La izquierda mexicana ya transitó por esta tensión y pagó el costo de resolverla mal. Cuando sustituyó territorio por grupo, militancia por cercanía y empezó a hablar más hacia adentro que hacia la sociedad, no perdió solo votos, perdió la capacidad de leer lo que estaba pasando afuera. Ese antecedente no es una acusación. Es una advertencia que convendría no archivar con demasiada ligereza.
Por eso la pregunta relevante no es si ciertos respaldos suman, sino qué tipo de lectura producen en quienes observan con distancia. Hay públicos que no buscan explicaciones, buscan confirmaciones y cuando la política se las entrega —cuando la competencia interna se vuelve muy visible, demasiado pronto— después resulta difícil matizarlas.
El liderazgo que aspira a sostenerse no necesita exhibir fuerza de manera anticipada. Necesita administrar su tiempo, cuidar su forma, entender que la legitimidad no se decreta ni se organiza en bloques. Llega, si acaso, como consecuencia. Cuando llega así, sin ser forzada, suele ser más difícil de disputar.
Tal vez el verdadero desafío no esté en ganar la conversación interna, sino en no perder la externa. Porque gobernar también implica saber qué no mostrar y ahí es donde empieza a notarse quién está pensando en la siguiente elección y quién todavía está concentrado en gobernar.
Luis David Sandin Torres Abogado por la Facultad de Derecho de la BNA y Maestro en Ciencias Jurídicas por la UABC. Cuenta con estudios de Doctorado en Derecho Electoral y Filosofía Política por el Instituto Iberoamericano de Derecho Electoral. Ha realizado estancias de investigación bajo la dirección del Dr. Diego Valadés. En el ámbito profesional, se ha desempeñado como asesor en la Cámara de Diputados y es consultor independiente en políticas públicas y docente universitario.
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