Sí, las condiciones económicas postergan los hitos de la vida adulta. También hay una renuncia voluntaria a crecer, y nombrarla es incómodo precisamente porque es cierta.
El debate público mexicano llegó a un acuerdo tácito sobre cómo hablar de la juventud adulta: con cuidado, con compasión, con la mención obligada de los salarios estancados, los precios de vivienda y la precarización laboral. Todo eso existe y todo eso es real. Dicho como única explicación, se ha convertido en una coartada que clausura el análisis antes de empezarlo. La compasión, cuando se vuelve cláusula obligatoria, deja de ser virtud y se vuelve censura del pensamiento que incomoda.
Empecemos por reconocer lo que sí pesa. Un egresado universitario promedio en una ciudad media de México gana entre doce y dieciocho mil pesos mensuales, mientras la renta de un departamento de una recámara oscila entre seis y diez mil. Más de la mitad del ingreso se va en techo antes de comer o transportarse. El crédito hipotecario exige enganches que un sueldo de entrada no permite reunir ni en cinco años de ahorro disciplinado. El sistema de pensiones reformado ya no garantiza jubilación digna sin aportaciones voluntarias significativas. La informalidad laboral ronda el 55%, dejando a más de la mitad de los trabajadores sin Infonavit, sin IMSS pleno, sin retiro asegurado.
A la par de esos datos económicos conviven dos fenómenos que el discurso progresista bienintencionado prefiere no nombrar: el kidult y la conchudez. El primero es estético y cultural, el segundo es de carácter, y ambos comparten una misma raíz: la renuncia consciente a asumir la incomodidad inherente de ser adulto. Ninguno se explica por precariedad económica, porque ambos aparecen también en sectores con holgura material. Quien tiene refrigerador propio, sueldo decoroso y autonomía habitacional y aun así organiza su vida emocional alrededor de figuras coleccionables, no está reaccionando a la inflación. Está eligiendo una estética y las estéticas, a diferencia de los precios, sí dependen de quien las habita.
El kidult es esa persona de treinta y cinco años cuyo departamento se decora con figuras de Funko Pop alineadas en repisas, cuya conversación gira en torno al próximo estreno de Marvel, cuyo vestuario reproduce la estética de la secundaria y cuyas relaciones afectivas oscilan entre la intensidad performática y la huida ante el primer compromiso real. Puede tener trabajo estable, sueldo decoroso e incluso, autonomía material y aun así, organizar su vida emocional alrededor de afectos producidos por industrias del entretenimiento dirigidas a preadolescentes. El fenómeno no es trivial ni inofensivo, porque modela vínculos afectivos, prioridades de consumo y horizontes vitales. No es un caso económico sino cultural.
La conchudez es más vieja y más simple. Es el hijo o la hija de treinta y dos años que vive en casa de los padres no porque no le alcance, sino porque le alcanzaría peor afuera y prefiere ahorrarse el descenso material que implica salir. Es quien podría aportar a los servicios y no lo hace porque nadie se lo exige, quien delega en su madre la gestión de su ropa, su alimentación, sus citas médicas, mientras invierte sus ingresos en consumos discrecionales. La conchudez no es pereza, es cálculo, y por eso se vuelve incómoda al nombrarla: es racional para quien la ejerce y deja un costo que pagan los padres que envejecen, la pareja que asume la carga adulta de a dos, la sociedad que envejece sin renovación generacional.
Aquí aparece el punto crítico de fondo. Hace quince años el discurso dominante explicaba todo con carácter: los jóvenes eran flojos, frágiles, exigentes, no querían esforzarse. Esa lectura era injusta porque ignoraba las condiciones materiales reales. El péndulo corrigió, como suele ocurrir, pasándose al otro extremo: hoy todo se explica con estructura. Si no se independizan, es el sistema. Si no forman pareja, es el sistema. Si no tienen hijos, es el sistema. Si pasan horas frente a una consola, es la salud mental. Si no asumen responsabilidades, es la inseguridad laboral. Ambos extremos niegan al individuo como agente y un adulto sin agencia no es un adulto. Es un objeto al que le pasan cosas.
La verdad incómoda es que ambas dimensiones operan al mismo tiempo, en proporciones distintas según el caso. Hay personas que no se independizan porque genuinamente no les alcanza y nombrarlas como conchudas sería injusto y cruel. Hay otras a quienes sí les alcanzaría con esfuerzo y renuncias, sin embargo, eligen no hacerlo porque encontraron una zona de confort sostenida por terceros y nombrarlas como víctimas del sistema sería falso y condescendiente. La proporción exacta entre ambos grupos no la sabe nadie con precisión, pero pretender que el segundo grupo no existe es tan deshonesto como pretender que el primero no existe. La honestidad analítica exige sostener ambas verdades sin disolver ninguna.
El permiso cultural para no crecer no se otorgó desde la juventud misma, se otorgó desde arriba. Lo otorgaron los padres que descubrieron que era más fácil mantener al hijo de treinta que pedirle cuentas. Lo otorgaron las escuelas que confundieron acompañamiento con sobreprotección. Lo otorgaron los discursos políticos que descubrieron que tratar al adulto joven como víctima eterna era electoralmente rentable. Lo otorgaron las industrias del entretenimiento que entendieron que un adulto que sigue comprando juguetes consume durante cuarenta años más que uno que dejó de comprarlos a los doce y, también lo otorgaron políticas públicas que durante décadas no construyeron vivienda asequible, no reformaron el sistema de pensiones a tiempo y dejaron que el salario perdiera poder adquisitivo durante una generación entera.
Ser adulto duele, siempre dolió. Independizarse implica renunciar a la comodidad del nido, formar pareja implica subordinar el ego al proyecto compartido, tener hijos implica veinte años de prioridades ajenas, sostener una carrera implica fracasar muchas veces antes de consolidar algo. Esa incomodidad no es defecto del sistema sino costo inherente de la adultez misma. Una sociedad que enseña a sus jóvenes que esa incomodidad es opcional, está enseñándoles a no ser nunca adultos. Una sociedad que no ofrece condiciones materiales para que esa incomodidad sea soportable, está condenando a sus jóvenes a confundir adultez con sacrificio inútil. Las dos cosas operan simultáneamente y se alimentan entre sí.
Aquí está la tarea, y no es del Estado ni de los analistas: es nuestra. Nos toca a cada uno, en cada conversación de sobremesa, en cada evaluación que hacemos del hijo propio, del sobrino, del compañero de trabajo, del amigo de toda la vida, distinguir caso por caso. Distinguir cuándo lo que tenemos enfrente es alguien aplastado por condiciones que lo rebasan y cuándo es alguien que encontró cómoda la cuna que ya debería haber dejado. Distinguir cuándo nuestra empatía protege y cuándo nuestra empatía encubre. Distinguir cuándo la palabra esfuerzo es exigencia justa y cuándo es crueldad disfrazada. No hay fórmula, hay juicio, y el juicio ejercido con honestidad es lo único que nos queda cuando los discursos hegemónicos nos piden dejar de pensar. Mientras no aprendamos a distinguir, seguiremos confundiendo empatía con complicidad, rigor con crueldad, y nos quedaremos sin lenguaje para nombrar lo que sí merece ser nombrado.
Luis David Sandin Torres Abogado por la Facultad de Derecho de la BNA y Maestro en Ciencias Jurídicas por la UABC. Cuenta con estudios de Doctorado en Derecho Electoral y Filosofía Política por el Instituto Iberoamericano de Derecho Electoral. Ha realizado estancias de investigación bajo la dirección del Dr. Diego Valadés. En el ámbito profesional, se ha desempeñado como asesor en la Cámara de Diputados y es consultor independiente en políticas públicas y docente universitario.
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