
La costumbre es antigua y ha sobrevivido a todos los regímenes. Donde alguien concentra decisiones aparece un séquito que se aproxima con obsequios, con elogios administrados en el momento oportuno, con esa forma de trato que en las cortes tenía nombre propio y hoy se disfraza de cercanía. Cambian los objetos y cambia el vocabulario; permanece intacto el movimiento del cuerpo que se inclina. Quien se acerca de esa manera no está pidiendo un favor todavía, está fundando una relación de la que después podrá cobrar, y suele creer que esa habilidad constituye una forma superior de inteligencia práctica.
Debajo del gesto hay una tesis sobre el poder que casi nunca se formula en voz alta: que la autoridad es propiedad de quien la ejerce, un atributo personal que puede pedirse, halagarse o comprarse en su titular. La confusión tiene una raíz comprensible, porque quien firma es un hombre, tiene nombre y tiene humor, y la orden sale de su boca delante de todos. De ahí a suponer que el poder le pertenece hay un paso muy corto que millones dan todos los días. El paso es falso, y esa falsedad termina decidiendo el destino de quienes lo dan.
El poder es una actividad concertada. Reside en el acuerdo sostenido de quienes ejecutan, informan, respaldan y obedecen, jamás en la silla ni en el hombre que la ocupa; existe mientras ese acuerdo dura y se disuelve con él, sin que nadie tenga que derribar nada. El mando se ejerce desde arriba y se origina abajo, siempre en calidad de préstamo, con un plazo cierto y con una finalidad que no pertenece a quien lo recibe. La silla es prestada. Quien se sienta en ella administra durante un tiempo aquello que le fue confiado para servir a otros.
De ahí se desprende la regla que gobierna todo lo demás. La facultad de decidir no es patrimonio; es carga. Quien la ejerce no puede disponer de ella como dispone de su casa o de sus tardes libres, porque en ningún momento del encargo llega a pertenecerle. Cada obsequio que sube hasta el escritorio pide exactamente eso: que el hombre se comporte como dueño de una facultad que solamente administra. Lo que la ofrenda solicita, con muy buenos modales y en voz baja, es una usurpación.
El regalo cumple entonces una función precisa, que consiste en trasladar al terreno privado aquello que había nacido público: la plaza, el trámite, el lugar en la lista, la resolución que debía descansar en un criterio y termina descansando en una deuda. Una botella, una invitación, un favor que no se nombra y que queda registrado de todas maneras. Puertas adentro a eso se le llama atención, cortesía, buena relación con la gente. En el expediente tiene otro nombre y una pena asociada, y quienes intervienen lo saben con exactitud; de ahí el cuidado con que escogen las palabras cuando alguien pregunta por lo ocurrido.
Toda decisión de autoridad debe sostenerse en razones capaces de resistir la revisión de un tercero. Esa exigencia es lo que separa gobernar de mandar. Quien tiene un argumento lo escribe y se expone a que lo discutan, porque su fuerza está en el argumento y no en la persona que lo pronuncia. El cortesano coloca la ofrenda en el sitio que debía ocupar la razón, con la ventaja de que a una botella nadie la contradice en una junta. La decisión que nace así nace enferma, no podrá defenderse nunca a plena luz, y quienes la firmaron lo saben desde el primer día.
Al que acepta la liturgia se le va cerrando el mundo despacio, casi con cortesía. Deja de escuchar malas noticias antes de advertirlo. Más tarde deja de recibirlas: avisar tiene costo y agradar no le cuesta nada a nadie. Termina rodeado de gente que le devuelve su propia cara con mejor luz, persuadido de que la unanimidad que lo envuelve es la medida de su fuerza, sin advertir que apenas mide su aislamiento. El acuerdo que lo sostenía se desarma en silencio, y se entera el día del derrumbe, marcando teléfonos que ya nadie contesta.
El cortesano paga su parte. Quien se dejó comprar una vez tiene un precio conocido, y el precio conocido únicamente baja con el tiempo; empieza a recibir órdenes donde antes recibía consultas, hasta que deja de ser alguien con quien vale la pena deliberar. Cuando llegue el momento de aligerar la nave será el primero en salir, porque quien recibió el regalo sabe con precisión cuánto costó y en cuánto puede reponerlo. La lealtad comprada se administra como cualquier otro gasto, hasta que estorba en el presupuesto.
A ti, que has visto pasar el sobre y volviste a tu lugar con la sospecha de ser el ingenuo de la historia, te conviene mirar la escena otra vez. El que paga por adelantado apuesta a un hombre que puede irse mañana, y compra con eso un permiso que se vence junto con la firma que lo otorgó. Lo tuyo avanza más lento y algunas veces pierde, de acuerdo; también es lo único que no cambia de dueño en cada relevo, porque un trabajo capaz de resistir la revisión te sigue perteneciendo cuando cambian los nombres de las puertas y las fotografías de los muros.
Estos personajes actúan convencidos de tener la razón y se presentan como los realistas del grupo, los únicos que entendieron de verdad cómo funcionan las cosas. Cada sobre que colocan sobre el escritorio desmiente esa convicción, porque quien tiene un mérito lo defiende y quien tiene un derecho lo exige aunque le tiemble la voz. Ellos piden lo que saben que no les correspondería jamás y necesitan comprarlo porque su caso no resiste una pregunta. Lo que dejan sobre la mesa acaba siendo el inventario puntual de todo aquello que no tienen.
Luis David Sandin Torres Abogado por la Facultad de Derecho de la BNA y Maestro en Ciencias Jurídicas por la UABC. Cuenta con estudios de Doctorado en Derecho Electoral y Filosofía Política por el Instituto Iberoamericano de Derecho Electoral. Ha realizado estancias de investigación bajo la dirección del Dr. Diego Valadés. En el ámbito profesional, se ha desempeñado como asesor en la Cámara de Diputados y es consultor independiente en políticas públicas y docente universitario.
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