Luis David Sandin Torres

En estos días de registros, precandidaturas y sonrisas que duran exactamente lo que tarda una cámara en encenderse, la política mexicana entra en una fase particularmente reveladora. No por lo que dice, sino por lo que evita decir. Los partidos se llenan de aspirantes que, más que presentarse, se deslizan. No son todavía candidatas o candidatos, pero ya actúan como tales; no tienen plataforma definida, pero ensayan discursos como si la tuvieran. Es ahí donde emerge, con nitidez casi pedagógica, el O.P.N.I.: figuras que orbitan entre posiciones sin fijarse del todo en ninguna. No lo digo desde el sarcasmo cómodo, lo digo desde una inquietud concreta: cuando el proceso de selección se vuelve opaco, la democracia empieza a perder densidad.

Las luchas intestinas, que en otro momento podían entenderse como parte natural de la competencia interna, hoy adquieren un tono distinto. No es solo disputa por espacios, es una batalla por la narrativa que permita sobrevivir sin comprometerse demasiado. Quien se define, se expone; quien se expone, pierde margen de maniobra. Entonces aparecen perfiles que hablan en clave, que ensayan adhesiones que no firman, que se alinean sin alinearse. El resultado es un catálogo de aspirantes difícil de leer, donde la diferencia entre proyecto político y estrategia de posicionamiento se vuelve casi imperceptible. Y mientras tanto, el electorado observa ese movimiento con una mezcla de familiaridad y sospecha, como quien ya ha visto la función, pero igual se queda por si esta vez cambia el final.

En este contexto, el O.P.N.I. cumple una función precisa: administrar la incertidumbre. Sirve para no romper con nadie antes de tiempo, para no cerrar puertas que aún no se han terminado de abrir. Es una figura útil, sin duda. El problema es que esa utilidad es estrictamente interna, partidista, casi de quirófano político. Hacia afuera, lo que proyecta es una sensación de cálculo permanente, de decisiones tomadas más en función de equilibrios internos que de convicciones públicas. Y eso, aunque se disfrace de habilidad, termina erosionando la credibilidad. Porque una cosa es negociar en privado y otra muy distinta es no tener nada claro que ofrecer en público.

El fenómeno tiene, además, una dimensión que conviene nombrar: no aparece por azar. Cuando los métodos internos de selección privilegian la encuesta sobre la plataforma, y la disciplina sobre la deliberación, la ambigüedad deja de ser un defecto personal y se convierte en una estrategia racional. El aspirante que se define, pierde; el que se desliza, sobrevive. Visto así, el O.P.N.I. no es una anomalía del sistema sino su consecuencia previsible. Y eso obliga a desplazar la pregunta: no se trata solo de qué ofrecen las y los aspirantes, sino de qué tipo de competencia interna estamos premiando cuando la indefinición rinde más que la convicción.

El punto, entonces, no es reírse del fenómeno, aunque material no falta. El punto es entender sus implicaciones. Una democracia que normaliza la indefinición como estrategia corre el riesgo de vaciarse de contenido. Porque si las candidaturas se construyen desde la ambigüedad, el mandato que eventualmente reciban también será ambiguo. Y gobernar desde la ambigüedad no es gobernar, es administrar inercias. No es una crítica moral, es una advertencia funcional. En algún momento, el O.P.N.I. tendrá que aterrizar. La pregunta es si, cuando lo haga, todavía habrá condiciones para exigirle algo más que una buena puesta en escena.

Luis David Sandin Torres Abogado por la Facultad de Derecho de la BNA y Maestro en Ciencias Jurídicas por la UABC. Cuenta con estudios de Doctorado en Derecho Electoral y Filosofía Política por el Instituto Iberoamericano de Derecho Electoral. Ha realizado estancias de investigación bajo la dirección del Dr. Diego Valadés. En el ámbito profesional, se ha desempeñado como asesor en la Cámara de Diputados y es consultor independiente en políticas públicas y docente universitario.

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