Luis David Sandin Torres

En Baja California hay baches con mayor antigüedad que varios funcionarios, y con mejor historial de asistencia. Si estuvieran en nómina ya tendrían base, aguinaldo y derecho a jubilación: sobrevivieron a tres administraciones, conocieron partidos de todos los colores y siguen presentándose cada mañana, puntuales, ante los mismos automovilistas. El agua, en cambio, es impuntual: se va sin avisar y regresa cuando quiere, como ciertos diputados a sus distritos. Cualquiera pensaría que gobernar una frontera de casi cuatro millones de habitantes exige pensar en décadas. Nuestra clase política decidió que basta con pensar en meses, y en semanas cuando hay encuesta.

Rumbo a 2027 desfilan los nombres: Ismael Burgueño, Julieta Ramírez, Ruiz Uribe, Armando Ayala, Evangelina Moreno. Todos hablan de progreso y del segundo piso de la transformación. La metáfora resulta involuntariamente exacta: el segundo piso se construye arriba, lejos del pavimento, y desde esa altura el bache ya no se ve. Pregunto sin ironía dónde está el proyecto de largo aliento de cada uno: el plan hídrico a veinte años, la apuesta educativa, la ciudad que imaginan para 2050. Que no lo escondan más: no existe. Existen giras, lonas y mediciones de julio. Y eso apenas en la gubernatura: escaleras abajo, entre quienes aspiran a diputaciones, alcaldías y regidurías, el paisaje se repite con menos reflectores y el mismo horizonte corto.

Sería cómodo concluir que se burlan de nosotros. Ojalá fuera eso: la burla, al menos, exige tenernos presentes. Con una ventaja de dos a uno sobre la oposición, la elección verdadera será la interna, y en esa asamblea el ciudadano carece de credencial. Los aspirantes no cortejan al votante: cortejan al dedo que designa, y el dedo no maneja por avenidas destrozadas ni abre una llave para encontrarla seca. El cortoplacismo, visto así, deja de ser un defecto de carácter y se revela como la conducta racional de un sistema donde la visión larga no reparte candidaturas.

Lo que se juega en 2027 son biografías completas, aunque casi nadie lo formule así. El muchacho que hoy tramita su primera credencial elegirá al gobierno bajo el cual cursará entera su carrera universitaria; la joven de veinticinco decidirá quién administra el mercado donde buscará su primer contrato serio. A los cuarenta se vota por el sexenio de la propia consolidación, ese tramo de la vida donde ya no queda tiempo para gobiernos de aprendizaje. Quien ronda los sesenta está eligiendo, sin saberlo del todo, al que vigilará su fondo de retiro y las escuelas donde estudiarán sus nietos. Ninguna boleta lo advierte, pero cada casilla es una ventanilla de empeño: entregamos seis años de vida a cambio del papelito de una promesa.

Aldea es cualquier lugar donde el poder no alcanza a imaginar la década siguiente, y con esa vara medimos mal: hay ciudades de cien mil habitantes gobernadas con ambición de siglo y fronteras de millones administradas con calendario de quincena. Baja California pertenece hoy al segundo grupo, y ahí seguirá mientras las candidaturas premien la lealtad de pasillo por encima de la arquitectura de futuro. Se inaugurarán obras, desde luego, y se cortarán listones; la pregunta es a cuántos años mira cada listón. Mientras tanto, el bache amanece cada día en su lugar, con la paciencia de quien sabe que va a sobrevivirnos. Es, hasta nuevo aviso, el único actor de nuestra vida pública con auténtica visión de largo plazo.

Luis David Sandin Torres Abogado por la Facultad de Derecho de la BNA y Maestro en Ciencias Jurídicas por la UABC. Cuenta con estudios de Doctorado en Derecho Electoral y Filosofía Política por el Instituto Iberoamericano de Derecho Electoral. Ha realizado estancias de investigación bajo la dirección del Dr. Diego Valadés. En el ámbito profesional, se ha desempeñado como asesor en la Cámara de Diputados y es consultor independiente en políticas públicas y docente universitario.

Esta columna no refleja la opinión de Dominio Público, sino que corresponde al punto de vista y libre expresión del autor