Luis David Sandin Torres

Diez aspirantes, una sola candidatura y el pecado más antiguo de la izquierda mexicana: devorarse antes de gobernar.

El lunes, en el World Trade Center de la Ciudad de México, diez personas bajacalifornianas se formaron por turnos para pedir lo mismo: encabezar lo que MORENA, con eufemismo de manual, bautizó como la Coordinación Estatal de la Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional. Hubo porras, batucada y demostraciones de músculo en sentido figurado, porque el músculo verdadero, que es la convicción, no se contrata por jornada. Diez nombres para una sola candidatura no anuncian vitalidad; delatan a un movimiento sin brújula interna. La pregunta se impone sola: ¿la autodenominada izquierda no aprendió nada del PRD, aquel partido al que no derrotó la derecha porque lo deshicieron sus propias corrientes?

El sol azteca se apagó desde dentro. Lo consumieron las tribus, los pactos rotos y la costumbre de tratar al adversario interno como al enemigo principal. Quien mire hoy el tablero bajacaliforniano reconocerá el mismo guion: facciones que se miden, agravios que se acumulan y una dirigencia nacional que, para conjurar la ruptura, obliga a firmar cartas compromiso de no agresión y de aceptación de la encuesta. Conviene detenerse en ese detalle, porque blindarse contra la división equivale a admitir que la división ya está adentro. Nadie redacta un pacto de no agresión en la casa donde reina la concordia.

Y luego están los nombres. Fernando Castro Trenti buscó esta misma silla hace más de una década con los colores del PRI y la perdió; hoy la persigue con los del partido que nació, entre otras cosas, para sepultar al priismo. Jorge Ramos Hernández militó tres décadas en el PAN, llamó corrupto y autoritario al fundador del movimiento y ahora aspira a comandarlo por la puerta del Verde. El rechazo a esta clase de fichajes no es reciente: en su momento, un grupo de militantes clausuró de manera simbólica la Casa de MORENA denunciando que se les colaban “ratas grandes y blancas”, y hasta germinó una corriente que se nombra a sí misma contra los impresentables. El diagnóstico incomoda de tan evidente: en sus alturas, MORENA Baja California es una reunión de ex panistas y ex priistas.

Esa reconfiguración tiene un centro de gravedad con nombre y apellido. A Carlos Torres, también de origen panista, se le ha señalado una y otra vez como la mano que ordena designaciones en el oficialismo. En esa lógica encajan piezas que, vistas de cerca, parecen menos candidaturas que posicionamientos. Mi lectura del registro del superdelegado de Bienestar apunta hacia ahí: hay quien deja su encargo con un cálculo distinto al de ganar, que es pesar en el reparto y, llegado el momento, inclinar la balanza hacia un proyecto ajeno, acaso el del propio Ramos. Cada quien tendrá su hipótesis; la mía es que algunos boletos a la contienda son, en el fondo, fichas para otra negociación.

Queda el folclor. Dentro y fuera del recinto se juntaron cientos de simpatizantes con gorras, playeras y consignas a modo, esa coreografía del entusiasmo que la Cuarta Transformación heredó intacta del viejo régimen al que dice haber vencido. Uno imagina la logística: vuelos, hospedaje y viáticos para ir a arengar frente a un edificio en la capital. Sospecho, sin temor a errar demasiado, que buena parte de aquella geografía de la convicción no viajó desde Mexicali ni desde Tijuana, sino desde colonias mucho más vecinas del WTC. El fervor que se fabrica es justo lo contrario de la legitimidad que se construye.

Mientras una orilla se fragmenta en diez, la otra se ordena. La encuesta que Plural.mx publicó el 27 de mayo lo dice sin rodeos: MORENA conserva el 32 por ciento y el PAN reúne 21; si Acción Nacional, el PRI y Movimiento Ciudadano sumaran sus votos, igualarían ese mismo 32, con un 17 por ciento de indecisos a la espera de que alguien los convenza. Donde había un oficialismo imbatible empieza a dibujarse, según ese ejercicio, un empate técnico, y los empates técnicos se ganan con unidad, no con bazares de lealtades prestadas.

De ahí se sigue una conclusión ineludible. Si el movimiento quiere conservar Baja California, le conviene cerrar filas en torno a Ismael Burgueño. La razón es de aritmética y de arraigo: gobierna el municipio más poblado del estado, encabeza las preferencias internas que mide la propia Plural.mx y carga una identificación orgánica que ningún converso de última hora puede comprar. Entre un candidato con territorio propio y una subasta de fidelidades importadas, la decisión sensata no debería necesitar diez registros para volverse evidente.

La transformación tiene, en Baja California, un adversario más temible que la oposición: la tentación de volverse PRD. La fragmentación no es pluralidad, el acarreo no es respaldo y el reciclaje no es renovación. Si la Cuarta Transformación insiste en abrir sus puertas a los impresentables mientras se desangra por dentro, no hará falta que nadie la derrote en las urnas. Le bastará con imitar al fantasma que ya recorre sus pasillos.

Luis David Sandin Torres Abogado por la Facultad de Derecho de la BNA y Maestro en Ciencias Jurídicas por la UABC. Cuenta con estudios de Doctorado en Derecho Electoral y Filosofía Política por el Instituto Iberoamericano de Derecho Electoral. Ha realizado estancias de investigación bajo la dirección del Dr. Diego Valadés. En el ámbito profesional, se ha desempeñado como asesor en la Cámara de Diputados y es consultor independiente en políticas públicas y docente universitario.

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