
A ti, que un día amaneces con todo y al siguiente sin nada. No hace falta que corras. Basta con que no te detengas.
Tú también empezaste el año con una lista. No importa si la escribiste en una libreta o si apenas la pensaste mientras tronaban los cohetes de la medianoche: traías una idea bastante clara de cómo iban a salir las cosas en 2026. Ya llegó agosto y el año se parece muy poco a aquella lista. Hubo pérdidas que no tenías contempladas. Puertas que se cerraron con nombre y apellido. Trabajos de años que se quedaron a medias por razones que no dependían de ti. Miras el calendario con la sensación de que te entregaron el año equivocado, como quien recoge la maleta ajena en el aeropuerto y ya no alcanza a devolverla.
Hay una cuenta más incómoda que esa y casi nunca la hacemos. No es la de lo que perdiste, sino la de lo que aceptaste. Solemos imaginar el poder como una fuerza que derrota gente, y la verdad es que derrota a poquísimos; le sale caro y le deja enemigos. Su negocio verdadero es otro y es mucho más limpio: comprar. A ti no te han vencido. A ti te han hecho ofertas, varias, algunas bastante razonables, y el año que termina raspado quizá no duela por lo que se perdió en él, sino por las veces que dijiste que sí cuando en el fondo sabías que ahí empezaba el descuento.
Antes de comprarte, el sistema necesita bajarte el precio. Ese es el trabajo real de toda la ideología barata que respiramos todos los días. Los conferencistas que cobran fortunas por contar cómo se levantaron. Los videos de un minuto donde alguien te asegura que todo depende de la actitud. Las metas trimestrales que convierten a quien no las alcanza en alguien que falló y no en alguien a quien le fue mal. El despido que se anuncia como ajuste, como reestructura, como nueva etapa, para que la vergüenza se quede del lado del que se va. Un hombre convencido de que su cansancio es un defecto suyo pide menos, exige menos y acepta antes. La culpa es la mejor política de descuentos que se ha inventado.
Después llega la oferta, que casi nunca tiene la forma de un sobre ni el descaro de una propuesta indecente. Es un puesto que aparece en buen momento. Un aumento que vuelve razonable el silencio. Una invitación a la mesa donde se deciden las cosas, con la condición tácita de que en esa mesa hay temas que no se tocan. Es la junta en la que no dijiste lo que pensabas y saliste felicitado por prudente. Es el documento que firmaste sin leerlo completo, porque leerlo completo te habría obligado a algo. Nadie se vende de golpe ni se entera del día en que cambió de bando. La conveniencia trabaja despacio y siempre cobra en abonos.
Existe además una versión de la compra que no deja recibo, y por eso parece gratis. No te piden el voto ni el silencio: te piden las horas. La pantalla que se desliza sola. La indignación que dura tres días y se apaga porque ya llegó otra. El consumo que promete llenar un hueco que no es material y nunca lo llena. La atención es el material con el que se piensa, y quien te la administra decide qué alcanzas a pensar. A un pueblo entretenido no hace falta reprimirlo porque se administra solo, y sale mucho más barato. Nada de esto exige que seas cobarde. Basta con que estés cansado, que es la condición normal de casi todos.
Conviene decirlo con cuidado, porque no toda oferta es una compra. Aceptar un puesto que llegó tarde o un aumento merecido no tiene nada de indigno, y hay ascensos que sirven precisamente para hacer mejor lo que uno ya quería hacer. La señal nunca está en lo que recibes, sino en lo que dejas de poder decir después de recibirlo. Tampoco pesan igual todos los silencios. El que se guarda por comodidad y el que se guarda porque de ese empleo dependen tres personas en casa no merecen el mismo juicio, y exigir heroísmo a quien menos puede pagarlo es apenas otra versión del sermón de los conferencistas. La cláusula escondida está en otra parte: quien dice que sí una vez deja de ser alguien a quien haya que convencer. Ahí se pierde lo único que te hacía interlocutor y no empleado del acuerdo, que era la posibilidad de negarte. Quien ya no puede decir que no obedece con buenos modales y con la sensación tranquilizadora de que fue una decisión suya.
A ti, que unos días sientes que te comes al mundo y otros que el mundo te devora, va dirigido lo que sigue: no te rindas. Rendirse, en este terreno, no significa dejar de intentarlo. Significa aceptar la oferta y llamarle madurez. Ese oleaje del ánimo no es señal de que estés fallando; es lo que le ocurre a cualquiera que sostiene algo difícil durante un tiempo largo. Nadie mantiene el mismo temple trescientos sesenta y cinco días seguidos. Quien te diga lo contrario está vendiéndote algo, casi siempre un curso. Habrá mañanas en que solo puedas hacer lo mínimo, y ese mínimo cuenta más de lo que parece.
Por eso los pasos pequeños importan tanto, aunque no dejen fotografías: casi todos son negativas discretas que nadie te va a agradecer. La vez que dijiste el número real en una junta donde convenía redondearlo. La vez que no firmaste. La vez que hiciste la llamada a alguien que ya no le servía a nadie. La vez que llegaste a dar la clase completa en un salón con las butacas rotas, sabiendo que nadie iba a revisarte. La vez que estudiaste de noche, con los hijos ya dormidos y cuatro semestres todavía por delante. Ninguna de esas escenas aparecerá jamás en el manual del éxito. Todas juntas son lo único que te mantiene disponible para lo que venga.
No todo está tan mal. Te lo escribe alguien a quien el año también se le puso cuesta arriba, que es el único lugar desde donde esa frase tiene algún peso. La esperanza que vale la pena defender es terca y modesta. No promete que todo va a mejorar, porque nadie puede prometer eso con seriedad; sostiene apenas que mientras haya vida el asunto sigue abierto, y que la única derrota sin vuelta es la del que ya cobró y todavía no lo sabe. Fíjate bien en los que van con prisa. Casi siempre corren porque ya recibieron el anticipo y tienen que entregar antes de que anochezca. Que corran todos los demás. Nosotros vamos caminando, sin apuro y sin deudas, con el paso corto y firme de quien sabe cuánto le falta y no tiene la menor intención de detenerse.
Luis David Sandin Torres Abogado por la Facultad de Derecho de la BNA y Maestro en Ciencias Jurídicas por la UABC. Cuenta con estudios de Doctorado en Derecho Electoral y Filosofía Política por el Instituto Iberoamericano de Derecho Electoral. Ha realizado estancias de investigación bajo la dirección del Dr. Diego Valadés. En el ámbito profesional, se ha desempeñado como asesor en la Cámara de Diputados y es consultor independiente en políticas públicas y docente universitario.
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