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Lo que inició como una vertiginosa carrera impulsada por la retórica oficialista y el despliegue mediático hoy atraviesa su momento más crítico. La senadora con licencia, Julieta Ramírez Padilla, quien solicitó separarse de su escaño para volcarse de lleno en la contienda interna por la Coordinación Estatal de la Defensa de la Cuarta Transformación en Baja California —el peldaño definitivo hacia la candidatura a la gubernatura para 2027—, ve cómo la oportunidad de encabezar el proyecto guinda en la entidad se aleja de manera acelerada.

La construcción del personaje vs. la realidad electoral

Durante años, Ramírez basó su capital político en una activa estrategia en redes sociales, discursos alineados a la cúpula nacional de Morena y una ostentosa proyección de imagen. Sin embargo, la brecha entre la narrativa de «renovación generacional» y la praxis política tradicional se volvió inocultable.

A las constantes críticas por presuntos actos anticipados de campaña —que derivaron en resoluciones del Instituto Electoral del Estado de Baja California (IEEBC) para retirar su propaganda en la entidad—, se le han sumado filtraciones sobre disputas internas y presuntas campañas de desprestigio dentro del propio partido. El desgaste no proviene únicamente de la oposición, sino de la propia fractura y recelo de los sectores morenistas locales que ven en su perfil un exceso de pirotecnia mediática con poco sustento territorial.

El terremoto periodístico: La sombra de las agencias de EE. UU.

El verdadero golpe de timón a las pretensiones de la senadora ocurrió esta semana, tras la difusión de reportajes de investigación periodística —encabezados por reportes como los de N+ Focus— que revelan supuestas investigaciones e intentos de negociación por parte de Ramírez con el Departamento de Justicia de los Estados Unidos mediante un proffer agreement (acuerdo para ofrecer información a las autoridades de ese país).

Aunado a las recurrentes versiones sobre la revocación de su visa de ingreso a Estados Unidos, la reacción de la aspirante ha apostado por descalificar los señalamientos tachándolos de «guerra sucia» y «mitotes» acompañados de burlas en redes sociales. Si bien la dirigencia nacional de Morena se ha pronunciado cobijándola bajo la narrativa del «ataque de la derecha», en el pragmatismo de la política real el impacto es insoslayable: una candidatura a gobernadora de una entidad fronteriza tan clave como Baja California difícilmente sobrevivirá si carga con incertidumbre jurídica o diplomática ante el vecino del norte.

Un pragmatismo que sofoca las aspiraciones

Morena sabe que defender la posición en Baja California requiere un perfil con arrastre, pero sobre todo con cohesión y certidumbre. El cúmulo de escándalos ha transformado a Julieta Ramírez de ser una de las cartas jóvenes más promocionadas a convertirse en un pasivo político de alto riesgo.

Y es que es bien sabido que, en el círculo rojo político de Morena, Julieta Ramírez representa la continuidad de un gobierno actual que ha dejado mucho que desear. Poco a poco, los escándalos lo han ido desgastando y el partido guinda lo sabe; internamente reconocen que Ramírez podría desgastar aún más la marca y, para entonces, ya no habría vuelta atrás.

Por tal motivo, se habla de que para lo único que le alcanza es para un premio de consolación. ¿Cuál? Solamente el partido lo sabe, pero la gubernatura está ya en el olvido. Y es que el sarcasmo y la ignorancia con los que se presenta han enojado a más de uno en la cúpula de poder, ya que, más que abonar, resta.

Mientras la senadora insiste en mantener su despliegue propagandístico y desestimar las acusaciones, los tiempos electorales internos avanzan. La oportunidad de ser la defensora del proyecto en el estado ya no solo parece distante; se tambalea ante la evidencia de que el ruido mediático que antes la catapultaba hoy la sitúa en el centro del desgaste político.

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